lunes, 29 de octubre de 2018

12


INTERSECCIONES


EL PEOR DE LOS PECADOS



Veinte años de terminado el secundario y el primer viernes de cada mes, de marzo a diciembre, lloviera o tronara, el compromiso de encontrarse. Santa Fe y Pueyrredón. Veintiuna horas. Qué pocas veces alguna había faltado. Tenían una mesa reservada sin necesidad de previo aviso. Los mozos las conocían. Iban cambiando, claro, pero siempre terminaban conociéndolas. También los gustos de cada una, las dietas. Por allí habían pasado jovencitas, solteras, embarazadas. Maduras. Contentas, con fiebre, angustiadas, cansadas.
Las reglas, aunque claras, se habían ido generando espontáneamente, sin necesidad de explicitaciones. No se veían en otros ámbitos. No hablaban por teléfono. A sus respectivas familias solo las conocían por foto. Sin juramento expreso no se hubiera atrevido a relacionarse de a pares. Y, en tantos años, las únicas intromisiones fueron las de sus respectivos recién nacidos, que dejaron en sus respectivas casas en cuanto estuvieron en condiciones de prenderse a una mamadera. Todas menos Inés, claro. Paula siempre decía que más que un grupo de amigas parecía un grupo terapéutico.

Otro viernes. Veinte horas.

Hasta mañana, hijo. Contame un cuento, porfi, mamá reclama Marcelo, abrazándola. No puedo, mi amor, se me hace tarde. El nene se suelta y cruza los bracitos. Entonces le pido a Domi. La voz de Domiciana desde el pasillo vaya tranquila, señora Paula, yo me ocupo.

Dejé la tarta en el horno, ¿me oís?; tené cuidado de que no se queme; condimentá la ensalada pero no le pongas mucha sal, ¿me oís? La voz  de Julio desde el baño andate de una vez y dejame duchar en paz. La voz de Lucas mami, no quiero que te vayas.  Lapidaria la voz de Maite a mamá no le importa lo que vos quieras.

Me llevo el celular, cualquier cosa llamame; ¿de veras no querés que me quede? La voz de Horacio es como un bisturí alguna vez me vas a tener que dejar. El susurro de Jujo es otro  no te preocupes, ma, yo lo cuido.

Buenas noches, Pedro. La voz del hombre desde la cabina de seguridad buenas noches, señorita Inés.

Inés entra a El Olmo. El mozo le sonríe y, desde lejos, le señala una mesa. Ella se sienta en un extremo. Se apoya sobre el respaldo y cierra los ojos. Un rato después una mano sobre su hombro la sobresalta.
SUSANA (deja su cartera en el respaldo de la silla y se sienta frente a Inés): ¿Cómo andás?
INÉS (intenta sonreír): Ahora que te veo, mejor.
SUSANA: Pensé mucho en vos esta semana, estuve tentada de llamarte.
INÉS: No sabés qué bien me hubiera hecho; casi no salí de casa; creo que las únicas palabras que barajé en estos días fueron con Manuel.
SUSANA (interesada): ¿Pudiste charlar con él?
INÉS (sacude la cabeza): Solo sobre la sucesión; por suerte él se encargará de tratar con los abogados, ni tuve que pedírselo, cómo me habrá visto.
SUSANA (irónica): Ya era hora de que te mirara.
INÉS: Susana, por favor.
SUSANA; ¿Le pasaste los gastos del sanatorio?
INÉS: Esos fueron míos.
SUSANA: Sí, pero vos podrías haber elegido mejor hotel y mejor restaurante; cuándo te vas a dar cuenta de que vos le cuidaste al padre durante años y de que, sin embargo, la herencia se va a dividir, prolijamente, en dos.
INÉS: No puedo ni oír hablar de plata.
SUSANA: Y yo no aguanto que tu hermano te siga usando; ¿tomás conciencia de que toda tu familia te usó?
INÉS (esconde la cabeza entre las manos): Lo que me decís no me ayuda; no vine aquí para sentirme peor de lo que ya me siento.
SUSANA (dulcificando la voz): Tenés razón, perdoname.
PAULA (llega agitada, se acerca a la mesa y besa a ambas): ¿Interrumpo?
SUSANA: Sí, pero Inés te lo va a agradecer.
PAULA: No entiendo.
INÉS: Susana me estaba retando.
PAULA (sorprendida): ¿Por?
INÉS (sonríe, triste): Por ser como soy.
SUSANA: Me enfurece su actitud frente al hermano.
PAULA (súbitamente enojada): ¿No entendés que algunos no podemos enfrentarnos con los que queremos?
SUSANA (revolea los ojos): Sonamos, se juntaron topa con toparías; decime, Paula, ¿se puede saber de qué te sirvieron tus veinte años de análisis?
PAULA: Me parece estar escuchando a Héctor; claro, cuando se trata de otros, porque en lo que a él concierne bien que le viene mi docilidad.
SUSANA: Tu marido no importa, yo no importo; me gustaría saber cómo te sentís vos con vos misma cada vez que no te atrevés a defender lo que deseas.
PAULA: Mirá, Susana, si hay algo que no necesito son reproches; tengo bastante con los míos.
SUSANA (levanta las palmas): Segunda advertencia de la noche; perdónenme, chicas, parece que hoy estoy un poco agresiva.
PAULA: ¿Por qué? , ¿pasó algo?
SUSANA: Julio me dijo que no quiere que viaje más, habló de presentimientos.
PAULA : ¡Tu marido tiene poderes supranormales!
SUSANA: No te burles de mí
PAULA: Claro, vos sos la única que se puede burlar de nosotras.
INÉS: Chicas, paren, no estoy de ánimo para discusiones.
SUSANA: Tenés razón, perdonanos. (levanta la copa vacía frente a Paula). ¿Amigas de nuevo? (brindan).
MARTA (llega agitada y se acerca a la mesa): Cuando hay brindis hay buenas noticias, ¡y cómo se necesitan últimamente! (se sienta en la cabecera y reparte besos con la punta de los dedos); ¿pidieron algo?, me muero de sed.
INÉS: No, todavía no, (sonriéndole a Marta), te estábamos esperando.
MARTA: Ya sé que es mentira pero siempre es lindo que a una la halaguen; bueno, cuenten, ¿qué se festeja?
PAULA: Nada, hicimos las paces.
MARTA (sonriendo, divertida): ¿Qué pasó?
SUSANA: El que llega tarde...
MARTA: Me costó un mundo salir...
(SUSANA hace un gesto lamentando su comentario)
INÉS: ¿Horacio te retuvo?
MARTA (sacudiendo la cabeza): No, pobre, al contrario; pero es la primera vez que lo dejo solo y no me cabe la culpa.
SUSANA: Culpa, culpa, siempre culpa; las mujeres somos las reinas de la culpa; veamos. que levante la mano quien se sienta en falta.
(Las cuatro levantan la mano, riéndose)
SUSANA (señalando a Paula con el índice): Empecemos por usted, señora Paula; confiese el motivo de su culpa.
PAULA (duda): De todo y de nada; en realidad a veces me da culpa tener lo que tengo.
MARTA: ¿Como si no lo merecieras?
PAULA: Eso; siento que no soy una buena madre, trabajo demasiado; y como después me da culpa no puedo ponerles límites; y entonces me atormenta mi debilidad y...
SUSANA: Digamos que la tuya es casi una culpa existencial: culpa por ser.
MARTA: A mí con Horacio todo me da culpa; culpa por la rabia que durante años me daban sus protestas; culpa por no haber podido evitar lo que pasó; una culpa tremenda cada vez que me impacienta alguna de sus torpezas; culpa por tener ganas de divertirme, de disfrutar...
PAULA (parodiando a Susana): Digamos que la tuya es casi culpa por estar viva, por estar sana.
SUSANA: No quiero desestimarlas pero ustedes no saben lo que es tener de veras culpa; lo que es acostarte con un hombre que te quiere y que no sabe que lo engañas; lo que es mirar a tus hijos temblando de miedo de que alguna vez se enteren.
PAULA (reparando en el silencio de Inés): Y vos, tan calladita...
INÉS (cierra los ojos, se toma su tiempo): "Yo he cometido el peor de los pecados... " (hace una pausa mientras todas la miran) "no he sido feliz".⃰

(CAE EL TELÓN)

⃰Fragmento de poesía de Jorge Luis Borges


viernes, 26 de octubre de 2018

11


3

DIARIO DE MAITE



............................................................................................................................................. 
Querido diario: hoy mamá empezó con las clases en el sur. La acompañamos a tomar el micro. Cuando nos despedimos Lucas se puso a llorar, es un grandulón. Yo estoy contenta porque me prometió que cuando cobre las clases me va a comprar las zapatillas que quiero, como las de Jimena. Lo mejor de todo fue que como Lucas hizo capricho (una vez que mi hermano sirve para algo) papá nos llevó a McDonald's, eso que él odia McDonald's y todo lo que suena a inglés. El imperialismo. Me cansan en esta casa. Viven entre palabras .................. Mamá volvió. Cansada pero contenta. Pasó rerrápido. Cuando abrió la heladera se enojó porque en lugar de darnos lo que ella había dejado preparado papi se la pasó cocinándonos.  Le salen bárbaras las milanesas, mejor que a ella. Nos trajo chocolates. Milagro, porque mamá odia que comamos golosinas. Lucas parece un bebé, está todo el tiempo colgado de ella ............................. ............................................................................................. Mamá estuvo nerviosa todo el día. La escuché discutir con papá por la plata, como siempre. Parece que papá otra vez no pagó las expensas y además no le avisó. Él la alcanzó a la terminal pero nosotros nos quedamos. Lucas se pasó a mi cama. Primero lo eché pero después me dio lástima porque todavía es chiquito. Ahora me levanté y me vine a la cocina a escribirte mientras lo espero a papi. Él también se pone triste cuando mamá se va...... Mamá volvió de muy buen humor. Espero que le dure y que no discutan. Yo le pedí ir al shopping para ver si me compraba las zapatillas. Lo raro es que dijo que sí, porque ella odia el shopping. Más raro todavía es que se compró un vestido. De mis zapatillas no dijo ni mu. Capaz que se olvidó. Papi llevó a Lucas a los video juegos. Eso que papi... ¡odia los videojuegos................................................................................................................................ A mamá este jueves no le toca. Aunque ya sé que está mal, a vos puedo contártelo,  tengo que reconocer que me gusta que se vaya. Nos divertimos con papi, se ocupa un montón de nosotros. Cuando ella está nadie me lleva el apunte. El que todavía no se acostumbra es Lucas. Cada vez que ella se va se brota. Se rasca tanto que se saca sangre ..................... Mamá fue a la peluquería. Cuando volvió casi me desmayo. Parece otra. No sé qué le dio. Además se pintó las uñas. ¡De rojo! Ella que siempre se burla de las mujeres que se producen como dice. Ahora se fue a la reunión con sus compañeras del secundario. Les dice las chicas pero son grandes como ella. No sé por qué no las podemos conocer. Mamá me explicó que tienen un trato: nada de familia. Se ve que todas están aburridas de su familia, como mamá ............ ....................................................................... Papi se fue a despedir a mamá. No pudieron convencer a Lucas de que se quedara conmigo. No sé cómo lo vamos a despertar mañana para ir a la escuela. Adoro quedarme sola. En esta casa nunca puedo estar tranquila. Cuando me pongo a escribirte Lucas me espía por el hombro. A lo mejor ahora que mamá trabaja tanto juntan plata y nos podemos mudar. Mañana a la noche nos vamos de campamento. Pobre papi, lo vamos a dejar solo. Primero mamá, ahora nosotros ............ Hoy Lucas tuvo el cumple de Matías. Papi me invitó a cenar a la parrilla de la esquina. Es la primera vez que vamos solos. Me dieron ganas de preguntarle cómo se siente sin mamá pero no me animé. Nunca hablamos de esas cosas. Parecía preocupado. Compartimos un bife de lomo con papas fritas. Estaba rerrico................. Mamá volvió pero todavía no la vi. Recién los escuché discutir en la cocina. Papi le pidió que no viajara más. Pero ella le dijo que no podía dejar a los alumnos. Es que a ella le gusta ir. Me parece que lo único que de veras le importa es ir. Creo que mamá se cansó de nosotros. No sé, no nos presta atención, cambió mucho ...................................................... En esta casa está pasando algo. Papá está triste. Mamá nerviosa. Lucas no para de rascarse. Con el único que puedo hablar es con vos  .. .......................................................  Hoy mamá tiene la cena con las compañeras. Papi la fue a llevar, siempre que puede la lleva, es demasiado bueno. Lucas, por suerte, la quiso acompañar................................... Tengo que contarte algo, diario querido, porque si no se lo cuento a alguien voy a reventar. Como estaba sola me fui al cuarto grande y me tiré en la cama. Hacía mucho que no iba, cuando era chiquita me encantaba. Mamá me dejaba jugar con sus alhajas, bah, con sus anillitos y sus collares. Ella los guarda en el segundo cajón de su mesa de luz. Me dieron muchas ganas de tocarlos. No sé, fue raro, como necesidad. Abrí el cajón. Mamá tiene un montón de  bolsitas y cajitas y las empecé a abrir y a probarme los anillos, a oler los collares. Hasta que, al abrir una caja, encontré una tarjeta. No te puedo contar diario, perdoname, pero hoy no te lo puedo contar ......... ........................................................... Anoche casi no pude dormir. No sé qué hacer. Si le cuento a papá todo va a volar por el aire. Seguro que se divorcian y Lucas no lo va a poder soportar. Mamá me preguntó qué me pasaba porque casi no le hablo. No me animé a decirle. Pero te aseguro, diario querido, que nunca la voy a perdonar ................................................................................................. Recién, cuando estábamos desayunando, mamá nos contó que ya no va a viajar más. No puede aguantarme y le pregunté si estaba segura de que no iba a extrañar. Ella no dijo nada y me alcanzó una tostada. ¿En el hotel Independencia te llevaban tostadas al cuarto?, le pregunté porque otra vez no me pude aguantar. (No te conté lo que decía la tarjeta pero seguro que te lo imaginás). Ella me miró un instante, bajó los ojos y ya no me volvió a mirar. Va a ser como con los reyes: las dos sabemos que yo sé pero disimulamos. Cómo lo envidió a Lucas que puede creer de verdad.

lunes, 22 de octubre de 2018

10


2

A DOS VOCES






Mamá me contó que Domi fue a buscar al hijo que el tarado de Gabriel para embromarme como siempre le dio la idea y ahora ese va a vivir acá. Seguro que va a comer con Domi que a mamá no le gusta que coma conmigo pero cuando estaba enfermo sí que comía y capaz que hasta duerme con ella que obvio que yo nunca en la vida voy a poder. Mamá me fue a buscar a la estación que me mandaron con Don José que igual tenía que venir y me llevó al baño encima de mujeres y me sacó la ropa que me había puesto la abuela y las alpargatas y me puso otra que tiene perfume que antes era de él y unas zapatillas también de él que me aprietan pero me la aguanto pobre abuela la había planchado tanto y ya la extraño un poco pero estoy contento de ver a mi mamá que me abrazó fuerte que a la abuela no le da por abrazar y subimos al colectivo que yo nunca vi uno así de grande y ahora bajamos y caminamos por la calle que hay edificios muy altos como en la tele y gente mucha gente que camina por la calle que tanta gente yo nunca me la vi pero es gente que no te saluda qué raro mamá tampoco la saluda. Gabriel entra y me dice y vos que te creías que Domi te quería vas a ver que ahora ni te va a mirar y si Domi no me mira a mí no me mira nadie porque mamá siempre está ocupada ella tiene que mirar a los chicos de la clínica que seguro están muy enfermos porque cuando yo me enfermé  ella tampoco se quedó y si no me defiende Domi nadie me defiende porque mi mamá le tiene miedo hasta a Gabriel. La señora que mi mamá le dijo Paula parece buena que hasta un beso me dio y es muy linda y muy rubia como las de la tele y tiene los ojos transparentes y me dijo que ahora van a venir sus hijos que me quieren conocer pero yo no quiero conocerlos que por cuidarlos a ellos yo no tuve a mi mamá y entran dos que se llaman Gabriel y Sebastián  y me dicen hola y se van enseguida porque en la puerta hay un micro que cuando se abre la puerta se ve anaranjado y la señora les pregunta si llevan las toallas y  mi mamá le dice ya se las puse en la mochila y le dan un beso a la señora pero a mi mamá no y corriendo se ve que de contentos se van. Mamá me llama desde abajo pero como me tapo la cabeza con la almohada no le puedo hacer caso porque no la escucho los chicos ya la escucharon y bajaron pero no les puedo preguntar que cómo es ese porque ya se fueron que mamá todavía no me deja que vuelva a nadar. La señora lo llama pero él no viene mejor porque yo tampoco lo quiero conocer y mamá me dice que tiene siete como yo pero seguro que él no es un burro  y ya sabe leer que cuando mi mamá estaba yo un poco me sabía porque ella me llevaba siempre a la escuela y después me ayudaba con la tarea que la abuela casi no me lleva y además no me ayuda es que a mí me parece que tampoco ella sabe leer. Como no la oigo y no bajo mamá me viene a buscar que escucho los pasos en la escalera y me tapo la cabeza con el acolchado  y mi mamá entra  y me destapa y me dice vamos Marcelito que el nene te está esperando  a mí qué me importa que me espere yo no quiero verlo que seguro es un canchero y un peleador y que debe ser muy fuerte porque Domi me contó que saber andar a caballo que yo no sé y me contó que juega todo el día al fútbol y yo soy un patadura que todos mis compañeros me lo dicen y se burlan pero a mí no me importa porque en las pruebas me preguntan porque yo tengo todo diez y yo los ayudo porque mamá y Domi me dicen que soy bueno y si soy bueno los tengo que ayudar. Él no baja y la señora que se llama Paula lo fue a buscar y mamá me dice que el nene es muy bueno que seguro nos vamos a hacer amigos pero yo ya sé que él no me va a querer mirar y además no quiero que me mire que mi mamá me puso todo lo que él no quiere más. Mi mamá me saca de la cama y me lleva de la mano y no tengo más remedio que bajar pero yo a ese no le voy a hablar jamás que se quede con Domi que yo me voy a quedar con mi mamá que es más linda aunque no sepa tejer  ni cocinar. Ahí baja pero yo no lo miro y mi mamá dice decile al nene tu nombre pero yo me callo y la señora Paula también me dice contale cómo te llamás seguro van a hacerse amigos y levanto un poco la cabeza y lo espío y él tampoco me mira y él es rubio muy rubio como la señora y te comieron la lengua los ratones me dice mi mamá  me parece que sí porque las palabras no me salen y la boca se me cierra y mamá me dice no me hagas pasar vergüenza que me voy a enojar y yo no quiero que se enoje que yo la extrañé mucho y trato y trato pero no me sale y lo espío otro poco y las lágrimas me empujan y la extraño a la abuela y no quiero que salgan porque él se va a burlar y mamá me aprieta fuerte el brazo tan fuerte que me duele y aunque cierro los ojos sé que las lágrimas se me van a escapar entonces la señora dice déjelo Domiciana ya se va a animar y mamá me sigue apretando y yo me quiero escapar entonces escucho que él grita se llama Panchito y yo Marcelo y entonces abro los ojos y lo miro y él me está mirando y llora. Entonces yo también me pongo a llorar.




viernes, 19 de octubre de 2018

9


FURGÓN DE COLA

1

EL HIJO MAYOR




No entiende a los adultos. Pueden hacer lo que quieren, no precisan el permiso de nadie, pero no lo hacen, y después protestan. Su mamá, a veces, por el desorden. Su papá, en cambio, parece quejarse de la vida en general. Él sí que tiene que bancarse todo. Sin chistar, además. ¿No se dan cuenta de que él precisa un cuarto? Está condenado a aguantar a sus hermanos. No puede invitar a sus amigos ni siquiera a estudiar. Y, cuando ya harto de los destrozos de Dieguito, le calza un empujón, es él quien la liga. El gran boludo. Pésimo negocio ser el hijo mayor. Ya casi las ocho. Encima de que lo obligan a prepararse para el ingreso, tenerlo otra vez de plantón. Seguro que su padre llegará quejándose del subte. Pero le va a dar una lección. Camina hasta la parada del 152. Pagaría por verle la cara cuando no lo encuentre. Quizás así reparará en su existencia. Ojala que del susto le suba la presión.


Todo siempre podía ser peor. Allí, bajo la sombra de un árbol, está la mitad de su padre. De las obligaciones de la otra tiene que hacerse cargo él: acarrear las bolsas, limpiar la pileta, arreglar los enchufes. Sin siquiera consultarlo le quitaron todo: el barrio, los amigos, la novia. La ciudad. Lo odia, lo odia con profundidad.
Sus hermanos están jugando a la pelota pero su padre, como de costumbre, lo llama a él. Deja la cortadora de césped, se seca la transpiración de la frente y se acerca. Lo odia. Lo odia con profundidad. Su papá lo agarra del brazo. Gracias, Jujo dice no sé cómo nos arreglaríamos sin vos. Y a él le da tanta pero tanta lástima que aprieta fuerte los dientes para no ponerse a llorar mientras corre la silla de ruedas hacia la sombra.

lunes, 15 de octubre de 2018

8


4

BALANCE SIN TIEMPO



Deja de hacer esfuerzos para dormir. Aunque Inés y sus colegas intentan convencerlo de que la operación ha sido un éxito, él sabe que el final está cerca. Y no le asusta. Ya no tiene sentido seguir sufriendo. Abre los ojos. Controla, instintivamente, el goteo del suero. Se siente arder. Ansia el contacto de las manos frías de su madre. Las manos de su madre. Bailando sobre el teclado del piano, sumadas, ahora, a las de Ermelinda, tocando juntas Para Elisa. Ermelinda. Llena de pecas mirando con admiración sus pantalones largos recién estrenados. Ya adolescente mirando con orgullo su diploma. Jovencita mirando con agradecimiento el cuarto asignado en su casa de casado. Ya mujer mirando con satisfacción a su primer sobrino. Llena de canas, agonizando. La cara de su hermana se funde en la de Carmen. Un fragmento blanco de su vestido blanco en un baile de carnaval. También de blanco el día de la boda. Entre mantillas blancas acunando a sus hijos. Entre sábanas blancas la mañana en que él mismo descubrió que había muerto, tan apaciblemente como había vivido. Contrapuesta, como un mazazo, se le impone otra muerte. Violenta, inútil. Los quince años de Daniel aplastados por un caballo. Injusta, dolorosa. Siente que el corazón se le desboca. Necesita tranquilizarse. Puede percibir la respiración de Inés, durmiendo, sentada, a su lado. Inés, la de las trenzas doradas. La silenciosa Inés siempre dispuesta a satisfacer sus deseos, por ese solo hecho incapaz de satisfacerlos. Admira a las mujeres con personalidad. Y esa dulce muchachita que a la muerte de su madre tomó las riendas de la casa, solo ha sido el reflejo de las necesidades de los otros. Siempre la quiso, por supuesto, pero con cierto desencanto. Las imágenes se le superponen. Quizás es la fiebre. Ahora el rostro de Manuel proyectado en su pantalla interna. Nunca supo cómo tratarlo. Manuel jamás respondió, ni a los elogios ni a los sermones. Lo recuerda de pequeño, de adolescente, de hombre, con los ojos como brasas y las mejillas coloradas, por algo que nunca logró discernir si era rabia o vergüenza. Nunca reaccionaba. Ni cuando él le confesó que había destruido las cartas de Judith. Un Estrada no merecía una judía. Manuel no dijo nada. Quizá estaba agradecido. Tampoco él dijo nada cuando Manuel decidió irse. Qué decirle. Orgullo por un lado. Su hijo, médico como él, transitando una carrera exitosa. Por otro, una profunda tristeza. Hubiera querido trabajar junto a él. Terminar de formarlo. Las educadas cartas de Manuel jamás le permitieron enterarse de cómo se sentía. Tampoco las suyas trasmitían su angustia al ver que disminuían sus fuerzas, se escapaba su poder, se agrandaba su soledad de viejo. Manuel. Recuerda el día de su nacimiento. La decepción de Carmen y de Ermelinda porque no había llegado la nena, chocó con su orgullo. Él engendraba varones. Y este, desde la cuna, le despertó confusos sentimientos. Los gritos con que surcaba la noche, atormentando a Carmen, le provocaban algo parecido al alivio. Era un machito. Daniel siempre fue más débil, inseguro. Por eso se ocupó tanto de él. Quizá también para paliar su preferencia interna por Manuel. Porque Manuel, sin ser abiertamente rebelde, rechinaba los dientes y controlaba las lágrimas. Quizá por eso él lo atenaceaba. Le hubiera gustado verlo descontrolado alguna vez. Quizá al examinarlo medía sus propias contenidas emociones. Su idéntica resistencia silenciosa ante su padre, un hombre digno, incuestionable, pero que no mezquinaba los castigos. En eso Manuel podía estar satisfecho: nunca le puso la mano encima. Tampoco para acariciarlo, claro está. Eso no era cosa de hombres. La melena de Inés sí era lugar apropiado para la palmada de satisfacción o el beso de buenas noches. Hasta los hombros de Daniel recibieron algún contacto recriminatorio o cómplice. Pero no con Manuel. Y cuánto más orgulloso de él se sentía más obviaba los comentarios. No era cuestión de que, a fuerza de halagos, se echara a perder. De nuevo se le impone la imagen de Ermelinda. Su muerte lo dejó lleno de palabras no dichas que luego, retornabann en sus sueños. Las mismas palabras que, ahora siente lo ahogaran más allá de su propia muerte. Busca la perilla del velador y la presiona. Inés no parece darse cuenta. Se incorpora como puede y abre el cajoncito de la mesa de luz. Entre  frascos de remedios encuentra papel y lápiz. Toma el libro que descansa sobre el mármol y lo utiliza de apoyo. Las manos le tiemblan. No logra superar la desazón que le produce ver convertida en un mamarracho temblequeante su antes hermosa y enérgica letra inglesa. Sobreponiéndose, traza un desmañado Manuel. Luego dos puntos. Qué decirle con tan pocas fuerzas. Lo invade el desaliento. Va a renunciar a sus propósitos cuando le sobreviene un recuerdo. Una vez, en el cine, Manuel de tres o cuatro años, se arrodilló en la butaca contigua y tocándole el brazo le preguntó papá, ¿me querés? Algo parecido al pudor guió su mano hasta los labios en un chistido de silencio. Manuel volvió a sentarse y a mirar la pantalla. Él también, pensando que cuando terminara la película le contestaría sos lo que más quiero en el mundo. Momento que nunca llegó. Momento que quizá recién está llegando. Se incorpora un poco más y, apoyándose en un codo, presiona el lápiz.

jueves, 11 de octubre de 2018

7


3

ODIABA LAS LÁGRIMAS




En solo dos años había conseguido transformar el hotel que heredara de su padre en el más concurrido de ese pueblo con pretensiones de ciudad. Y la transformación no se debió a ampliaciones ni a modernizaciones. Solo a su inefable poder de hacer sentir a la gente como si estuviera en su casa. Rondaba las terminales atisbando a los posibles clientes a los que se acercaba en forma generalmente casual y a los que, sin que se sintieran presionados, solía llevar consigo hasta el hotel, ocuparse de que su equipaje fuera trasladado, ocupándose de trasladarlos, horas después, a los lugares típicos de la zona.
Como conocía a todos y a todo, se había enterado de que esa mañana arribaba desde Buenos Aires la licenciada Palacios, encargada de enseñar filosofía en la modesta universidad local. Allí estaba, en consecuencia, a las nueve de la mañana, merodeando la terminal. Un viajante se le acercó y él se entretuvo asesorándolo, tanto que el micro de las nueve y cuarto arrancó de nuevo sin que él hubiera controlado el descenso de pasajeros. Se deshizo apresuradamente de su interlocutor y, perdido por perdido, se encaminó hacia el bar de la terminal. Allí, en la mesa contra la ventana, descubrió una mujer de largo cabello lacio, la cabeza gacha sobre un libro que sostenía con la mano izquierda mientras, con la otra, mecánicamente, revolvía un café. No había dudas: era ella.
Se acercó haciendo gala de su innata simpatía que, aunque servía a sus fines, era espontánea. Lo fascinaba el género humano y disfrutaba conociendo personajes, tratando d predecir sus caracteres a partir de los datos aportados por un pestañeo ansioso o una mano temblorosa que desacreditaban una postura sobradora; una sonrisa a medias que transformaba al aparente pedante en un tímido encubierto. Quizá porque había invertido tanta energía en el conocimiento de los otros, le había restado poca para entregar a sus estudios. Su padre se había muerto sin que se cumpliera su sueño de ver a su único hijo varón convertido en abogado. Él no se arrepentía ni ambicionaba demasiado más de lo que tenía: un negocio próspero, buenos amigos y una ganada fama de Don Juan local, producto de su mentada simpatía así como de su metro ochenta y cinco, su físico de atleta y su sonrisa de dentífrico. Por sobre todo, convivía con una conciencia tranquila, ni siquiera empañada por sus numerosas novias o amantes, a las que nunca había prometido más de lo que se sabía capaz de dar. Reglas claras eran fundamentales para que un buen principio transitara apacible hasta llegar a un buen final, desprovisto de elementos dramáticos. Porque odiaba las lágrimas. Por eso bien se cuidaba de enredarse en historias donde su partenaire arriesgara demasiado más que el libre compromiso de disfrutar juntos. No eran su tipo las muchachas casaderas. Al menos por ahora. Y también se cuidaba de enredarse con sus clientas. Donde se come...
Por eso se intranquilizó cuando la concentrada lectora levantó la vista en el momento en el que él, dando por tácito su acuerdo, se sentó frente a ella. Nunca había descubierto tanta inteligencia en una mirada. Y se intranquilizó más cuando los recursos que formaban parte de su repertorio fueron contestados como una agudeza extranjera a ese pueblo. Pero ni ella pudo resistirse a sus tácticas y media hora después entraban juntos al hotel. Le asignó la mejor de las habitaciones. La charla en el auto lo había alertado. Tan conocedor de sí mismo como de los demás, supo, desde el primer momento, que estaba en peligro. Se prohibió a sí mismo acompañarla al día siguiente a la terminal, como solía hacer con sus clientes.
El próximo jueves no fue a buscarla. Pero cuando la vio entrar al hotel no pudo evitar sentarse en su mesa, compartir con ella el desayuno. Quedó prendido de su mirada penetrante, de la delicadeza de sus movimientos, de la levedad de ese cuerpo que solo era un pretexto para contener la inteligencia, la sensibilidad, la distinción que lo acuchillaron. Por primera vez en su vida se encontraba ligado a una mujer más allá de su cuerpo. Cuerpo que, por otro lado, era deseado en su calidad de continente. En fin, demasiado complicado para un muchacho de provincia. Y llego al fin de ese viernes con el propósito de preservarse reforzado.

Ese jueves lo encontró incapaz de conservar la calma. Después de incontables vueltas en la cama decidió levantarse y montó a su auto intentando convencerse de que una vuelta por el bosque lo tranquilizaría. Sn embargo, a las cinco y treinta giró intempestivamente el volante.
Intentando parecer casual se acercó a ayudarla con el bolso. Pero esa mujer con el pelo revuelto pero la mirada ya brillante lo desnudó con su ¿desde cuándo madrugás? Momento en el que, definitivamente, abandonó las armas.

Los quince días le sirvieron para reflexionar. También para darse cuenta de que ya era demasiado tarde para plantearse estrategias. esa mujer, más cercana en edad a su madre que a su hermana, se le había metido en el cuerpo y en el alma. Supo, también, que su única posibilidad de salir indemne del combate residía en limitarse al primero con el que, se lo anticipaba su intuición de macho, quizá podría involucrarla. Era suficientemente inteligente como para darse cuenta de que ella era tan inteligente que jamás podría enamorarla.

Decidió jugarse el todo por el todo. Fue a buscarla. Y su intuición no le falló porque minutos después Susana se le entregó en el auto estacionado en el bosque sin ofrecer siquiera resistencia. Y, confiando en su sabiduría, trató de olvidarse de que no era cualquier mujer. Y la trató como a cualquiera. Pero no le resultó cualquiera. Más y más profunda la percepción del peligro. De su vulnerabilidad. Quizá la amaba con ese algo suyo que no había podido ser desarrollado, que solo habría podido ser desarrollado si hubiera crecido en una familia como en la que estarían creciendo los hijos de Susana. Surcaron el encuentro sin hacerse comentarios sobre lo experimentado, sin conocer las mutuas expectativas, sin hablar del futuro. Él sabía que el cronómetro de ella ya se había puesto en marcha regresiva. ¿Cuánto tiempo podría interesarse en él? 

Planeó cuidadosamente el próximo recibimiento. Eso sí sabía hacer él. Y fue un placer sorprenderla en la habitación con un ramo de rosas. Otro, disfrutar un amor sin apuro. Amanecieron juntos.

La acompañó a la terminal desesperándolo desde ya las dos semanas de distancia. Cuando se disponían a despedirse Susana lo miró. Raro lo miró. Lo miro y le dijo gracias.  Su fino radar puso luz roja. ¿Gracias por qué? atinó a preguntarle, el corazón hecho una bomba. Ella se quedó muda, sus ojos fijos penetrándolo. Hasta que eternidades después levantó los hombros y subió al micro. Él se dio vuelta rápidamente, dándole la espalda. Buscó un pañuelo en su bolsillo. Odiaba las lágrimas.

lunes, 8 de octubre de 2018

6


2

VENCIDA SIN BATALLAS



Cuando Rosa le avisó que se iba, sintió que el mundo tambaleaba bajo sus pies. Después trató de recuperar la calma. Nadie era irremplazable. De todos modos, la abrumaba pensar en la agencia, las entrevistas y en las horas que tendría que dedicar para entrenar a la nueva empleada. Porque se había prometido a sí misma que esta vez sería diferente. Siempre le había costado tener personal bajo sus órdenes, nunca le llegaba el momento de hacer demostraciones ni de marcar pautas. Terminaba confiando en el sentido común y la buena voluntad de la mucama de turno. En consecuencia, Héctor protestaba porque las sábanas no pasaban de la altura de las axilas, los chicos protestaban cuando no encontraban los juguetes y ella misma protestaba (eso sí, para adentro) cada vez que descubría en el placard una blusa mal planchada. Sin embargo, nunca les hacía correcciones. 
Había padecido demasiado los desplantes de su madre con estas negritas brutas que son todas iguales como para correr el riesgo, aunque fuera por un instante. de verse ocupando su lugar. Y también había padecido con los frecuentes cambios cuando no aguantaban a su madre. La nena que había sido se encariñaba fácilmente con todas y cada una. Le alcanzaba con un poco de atención. Había optado, entonces, por soportar estoicamente las deficiencias de las mucamas, al tiempo que les limitaba al máximo el contacto con sus hijos. Demasiado le había costado a ella, después, entregarse a afectos que siempre temía se desvanecieran.

Llamó a la agencia que la había contactado con Rosa y solicitó reemplazo. ¿Qué pretendía? Que fuera limpia y honrada. Impensable pedirles que fuese, además, callada, discreta, intuitiva. Incorpórea.
Cuando el timbre sonó entre los truenos su estómago reaccionó como ante un examen. No le gustaba examinar y menos aún sentirse examinada. Inspiró hondo, se acomodó el cabello y abrió.
Tras la puerta apareció una mujer empapada. Perdón, señora, no tengo paraguas. Ella le hizo señas de que entrara pero la mujer parecía enraizada en el umbral. Le voy a mojar todo. Pase, no importa. ¿No tendría un trapito? Fue hasta la cocina y empezó a abrir alacenas y cajones. ¿Dónde habría guardado Rosa los trapos? Empezó a transpirar, como siempre que se ponía nerviosa. Desistió. Regresó con las manos vacías. ¿Qué pensaría la mujer de ella? Seguía parada en el mismo lugar. No se preocupe, entre no más. Perdón repitió la mujer yo después lo limpio, aunque no me tome lo limpio. Hubiera querido evaporarse.

Pese a sus propósitos, tampoco esa vez se ocupó de entrenar a Domiciana. Así se llamaba esa mujer, afortunadamente muy silenciosa, que rápidamente se adaptó al ritmo de la casa. Era eficiente. Mucho más eficiente que la media.
Sin embargo, Domiciana tenía el poder de incomodarla. Cada vez que los chicos se le insolentaban y ella era incapaz de ponerles límites, interceptaba una mirada oscura que, a pesar de ser muda, la juzgaba. Le pesaban los ojos de Domiciana. Evitaba situaciones en las que pudiera sentirse controlada. Bastante con las críticas de marido, amigas y analista para someterse a otro testigo de su debilidad. Le hubiera gustado que Domiciana desapareciera en el preciso instante en que ella entraba a su casa.

Marcelito se enfermó y todas sus culpas, en fila, se precipitaron sobre ella, atormentándola. Que las golosinas que no lograba prohibirle, que la campera que no había conseguido que se pusiera, que las demasiadas horas que ella trabajaba. Cuando se confirmó el diagnóstico, recrudeció su desesperación. Hepatitis. Iba para largo. Insoslayable el retorno a la clínica. Carecía de fuerzas para luchar ante sus jefes por una extensión de la licencia. Desde su niñez más remota, ella acataba.

Una única posible reemplazante: Domiciana. Pasó una noche sin dormir antes de decidirse. Se resistía a dejar al benjamín en manos de alguien con quien casi no había existido contacto. Contacto que, lo tenía clarísimo, no quería se intensificara. En cuanto empezó con sus planteos, Héctor la cortó. Dejate de dar vueltas, Paula; o abandonás la medicina o aprendés a delegar a los chicos; terminala. Finalmente se resolvió a planteárselo. Quizá Domiciana no quería asumir la responsabilidad. Sin embargo, fue una de las pocas veces en que la vio sonreír.

Fue un dolor descubrir que Marcelo sobrevivía sin ella, que no parecía extrañarla. Descubrir complicidades entre el nene y Domiciana. Códigos de los cuales ella quedaba excluida. También con los mayores fue ganando terreno. Domiciana tenía el poder de anticiparse a los deseos, de adivinarlos. El café llegaba antes de ser pedido y siempre estaba planchada la camisa elegida. A cada chico le llegaba el turno de su comida preferida. La casa funcionaba como un reloj sin su intervención. 
Sin embargo, no prosperaba la relación entre ambas. Era absurdo, pero ante la eficiencia de Domiciana se sentía aún más frágil que de costumbre. Se desestructuraba. Cuando intentó charlarlo con sus amigas se burlaron de ella. Pasá esa joya si te hace sentir mal, no seas acaparadora

La tarde de su cumpleaños, cuando se sentó a tomar el té con los chicos, apareció Marcelito con un regalo. Su sonrisa con hoyuelos. Lo hice yo para vos, mamá, Domi me enseñó. Le costó abrir el paquete, torpemente envuelto. Se encontró con una bolsa tejida con piolines. Sus ojos se humedecieron. Sintió unos celos agudos, viscerales.
Y se desató el escándalo. Los mayores empezaron a burlarse de Marcelo, a perseguirlo alrededor de la mesa. ¡Mujercita!, ¡teje la mujercita! le gritaban. Ella hubiera querido defenderlo pero cómo frenar la energía de sus dos vándalos corriendo, riéndose a carcajadas. La angustia la absorbía, paralizándola. Hasta que de repente Domiciana se hizo cargo de la situación, poniendo a sus hijos los límites que ella nunca había podido ponerles. Y fue en Domiciana que Marcelo, acongojado, buscó refugio. Supo que algo tendría que cambiar. Ya había perdido el respeto de sus padres y de su marido. Intolerable sentir que perdería también el de sus hijos. Envidió la fortaleza de Domiciana. Su valentía para obviar las consecuencias de lo que el instante imponía. Se acercó necesitando transmitirle todo eso. Pero lo único que atinó a decir fue gracias, Domiciana.  Y sabiendo que no la entendería agregó también por el bolso.

A la mañana siguiente Domiciana le avisó que se iba. El peón negro que sostenía todo el juego desaparecía. Y ella quedaba sola y blanca, frente al tablero vacío. Hubiera querido pedirle que no se fuera, decirle que sus hijos la necesitaban. Que ella la necesitaba. Pero otra vez quedó helada, muda, paralizada, ardiendo por dentro. Y cuando la otra, dignamente, sin súplicas pero sin consultas, decidió me voy porque mi chango está solo supo que no tenía derecho a retenerla, a ofrecerle beneficios que la hicieran dudar. Cómo privarlo de ella al changuito.
Fue Gabriel el que, pragmático, propuso y bueno, Domi, entonces traelo. Ella pensó en su intimidad invadida, en los chicos entremezclados, en la indignación de Horacio, en las críticas de su propia madre. Pero también pensó en sus amigas. Cerró los ojos. Al abrirlos se encontró con la mirada serena de Domiciana. Desde el fondo de sus vísceras una fuerza amordazada por años pugnaba por salir. Ahora o nunca. Sus labios se abrieron solos. Se escuchó decir con una voz firme que desconocía tráigalo, Domiciana.